20 de noviembre de 2009

HERMOSOS PERDEDORES


"Tu última oportunidad" de Joel Hopkins que dirigió y escribió este film cuyo título original es Last chance Harvey, es una “dramedia”, si pudiéramos así llamar a ese híbrido de comedia romántica y dramática. A simple vista, podría resultar una comedia ligera y otoñal como tantas. Pero si uno tiene la paciencia de esperar a que el germen del genio brote, entonces será recompensado con una lección de actuación de talento y sutileza. Kate (una espléndida Emma Thompson) es una mujer madura que ha pasado los cuarenta hace rato, y que mantiene una relación edípica con su madre, (una magnífica Kathy Baker) que no deja de llamarla cada cinco minutos para contarle los pasos que sigue su vecino polaco al que no ha dejado de espiar por la ventana de su casa. Kate es soltera y trabaja en el aeropuerto de Heathrow haciendo encuestas a los pasajeros, entre los que casualmente se encuentra el tal Harvey del título (un magnífico Dustin Hoffman) que a su vez es un frustrado músico de jazz que se gana la vida haciendo jingles para una agencia publicitaria.

El tal Harvey viaja a Londres para ser padrino de la boda de su hija, que a último momento le informa que el padrino será su acaudalado suegro, más sólido y mejor plantado no sólo en el plano financiero. Harvey rechazado y humillado por su propia hija decide no quedarse a la recepción y volver a su trabajo en N.Y. Sin embargo, pierde el vuelo y por esa misma razón se queda sin trabajo. Desconsolado, Harvey decide ponerle el pecho más que a la situación, a los tragos con los que apurará tanta humillación. Y es en este mismo punto donde comienza a operar la magia o química entre Harvey y Kate, dos seres que comparten esa rareza y fragilidad que sólo podría tener un unicornio de cristal. Los dos poseen esa cualidad que trasciende el talento y el genio de la actuación: gracia y sutileza. A partir de ese encuentro, nos harán sentir que la ley de gravedad no existe porque todo lo que dicen y hacen se torna vaporoso, evanescente y liviano, en el mejor de los sentidos. Los dos son a simple vista una pareja despareja. Sin embargo, la ligereza de Harvey hará que la diferencia de estatura no se note, porque cuando él camina a su lado, más bien parece flotar.

Kate, por su parte, no tiene mejor suerte, viene de una malograda cita a ciegas, porque su candidato justamente no tiene ojos para ella. Sola, sin amor, y con una madre por demás demandante y paranoica: a esta altura el vecino polaco se ha convertido en Jack el destripador, (una sub trama que refleja la desdichada vida de la protagonista: una mujer que mira pasar la vida por una ventana, igual que su madre.) Kate asiste a un taller de redacción porque como le confiesa a Harvey, quiere escribir una novela de esas que venden en los aeropuertos o supermercados. Llegado a cierto punto los dos sienten que ya no pueden separarse. Caminan bordeando el Támesis, conversan y se divierten con los recursos que les quedan: el río, las calles, los árboles y los bancos de un parque. Y eso es todo. O casi. Las miradas de sesgo, las sonrisas apenas dibujadas y los silencios precisos y oportunos, nos hacen creer por un instante que todo es posible, incluso que suceda el amor de la forma más inesperada, deslizándose suave y lento, apenas perceptible, pero tan real como una pequeña barca sobre el Támesis.

Gabriela Mársico

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