19 de noviembre de 2009

¿LA FELICIDAD TRAE SUERTE?

Happy Go Lucky, la comedia de Mike Leigh, aquí traducida como la felicidad trae suerte, se supone es un canto al optimismo, a la alegría, y a la felicidad. ¿Pero, será eso cierto? Sally Hawkins, Poppy, es una maestra de escuela primaria, y comparte su departamento con una compañera de trabajo, menos resplandeciente, y por eso mismo, más real. Poppy a pesar de su felicidad, no tiene mucha suerte.

Tiene más bien la mala suerte de encontrarse con un amargado y colérico instructor de manejo como Scott (interpretado por el fabuloso Eddie Marsan) y con un homeless rematadamente loco, que en el lapso de dos minutos y medio, tartamudea sin terminar nunca una frase, canta el estribillo de una canción de Sinatra, se sienta al lado de Poppy, y todavía le quedan treinta segundos para ir al baño, en medio del parque, y acariciarla con la misma mano que..., de tener que soportar la perorata de establecerse y casarse de una hermana amargada justamente por su aburrida y convencional vida de casada, la violencia de un alumno que pega a uno de sus compañeritos porque él a su vez es maltratado por el novio de su madre, por no mencionar la no menos tortuosa clase de flamenco en donde una actriz española habla inglés como un espía ruso, expresa sus emociones como un barítono italiano, haciendo una reivindicación de los inmigrantes, al decir: this is my place, este es mi lugar. Oh, Dios, ten piedad. Poppy ama la libertad. 

Ella no quiere ataduras. No podría estar más de acuerdo. Pero cómo expresa Poppy ese amor a la libertad: dando saltos en un trampolín que luego le dejará una lumbalgia como toda sensación de vértigo y vacío, moviendo los brazos como una gallina clueca en medio de una clase sobre la migración de pájaros, o taconeando con sus exóticas botas que no se las saca ni para sus clases de manejo.

Hay algo que no encaja. Algo que desentona. Y no me refiero al vestuario. Cómo describirlo. Retro Hippie, Vintage, Neo Gipsy, o simplemente, un escandaloso mamarracho. ¿Vestirse multicolor es signo de felicidad y alegría de espíritu? ¿Reírse de todo y tomarse la vida con soda significa tener un grado de bondad angelical? NO, decididamente no. Su bondad se parece más a una tímida bonhomía complaciente y conformista de una burguesa bienpensante que a la actitud comprometida de un alma solidaria. La mayor parte del tiempo se comporta del mismo modo que lo haría un elefante en un bazar, recordemos la escena inicial en la que trata de entablar conversación con un apuesto pero ocupado vendedor. Le habla, lo mira, le hace chistes, sin recibir respuesta alguna. ¿Eso es simpatía, o simplemente insistencia rayana en el acoso? Su torpeza y escaso registro de los demás, poco tiene que ver con la inteligencia y la sensibilidad primas hermanas de la bondad. Poppy no es buena, es más bien estúpida, ciega y torpe. Porque no ve, o no puede ver la desesperación de seres más patéticos que ella, todos más profundos, y dignos de ser rescatados por alguien más sagaz y menos risueño. Quién en su sano juicio al descubrir que le han robado la bicicleta lamentaría con una delicada sonrisa el no haberse despedido de ella. 

¿Esta chica es o se hace? En cualquier caso poco importa, porque la historia, el film, será rescatado por el menos pensado, el fantástico Eddie Marsan, qué actor y cuánta riqueza esconde su atormentado personaje. Es tan real su actuación que hasta podemos sentirle el mal aliento de su dañada dentadura. La alegría de Poppy hacia todo tipo de contrariedades no resulta genuina, es más, después de la primera hora de verla reírse todo el tiempo y de escuchar su insoportable risita de adolescente tardía, la película, o mejor dicho Poppy, resulta exasperante. Quizás porque intuimos que su bondad no es genuina, no nace de la profundidad de los sentimientos, su pretendida humanidad se parece más a ese gesto bochornoso de dar monedas a un indigente, quizás para calmar su conciencia pequeño-burguesa, que la de dar una mano, y prestar oídos a alguien verdaderamente necesitado. 

Gabriela Mársico

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