20 de noviembre de 2009

LA HUERFANA

Una muñeca rusa
Por Gabriela Mársico


"La huérfana" de Robin Christian y Jaume Collet Serra se presenta como un filme de suspenso y horror. Sin embargo, podría verse como una parodia del cruce de los dos géneros, ya que no llega a ser ni una cosa, ni le alcanza para ser la otra. Lo que sí queda en claro es su ideología racista y xenófoba. Esther, una huérfana rusa, (la soberbiamente maldita Isabelle Fuhrman) es adoptada por John y Kate (Peter Sarsgaard y Vera Farmiga, respectivamente) desprevenidos padres que toman tal decisión con el fin de olvidar, y llenar el vacío por la pérdida de una hija nonata…

Esther es brillante, educada, pero fatalmente rara. Y esa rareza se irá acentuando a medida que, Esther, al mejor estilo Stalin, con hacha o cuchillo en mano se vaya deshaciendo de todos aquellos que la cuestionen, o la rechacen, como otrora el dictador ruso sacaba de juego a los disidentes. Sin contar, claro, con la cándida escena en la que Esther invita a su hermanita, revólver en mano, a jugar a la ruleta rusa.

De monstruos y xenofobia 

El filme sólo cumple con dos mitos básicos del género de terror: la monstruosidad física y la psicológica. Esther es un monstruo debido a una alteración física que contraviene las reglas de la normalidad. Ese es el secreto endeble y poco consistente sobre el que se sostiene una parte del misterio, que más tarde, será descubierto y explicado contra toda la lógica del género. La otra monstruosidad es de tipo psicológica, y la acerca a otra niña psicópata, Karen, la asesina preadolescente de Bad Seed, que al igual que Esther se encuentra más allá de toda compasión o entendimiento. En una palabra Esther es un monstruo psicópata, una asesina serial, y para colmo de males, rusa…. Desde el principio, Esther es estigmatizada como diferente. Ella misma lo admite con cierto orgullo, pero además aparece su diferencia más importante y gravitacional en el filme: su origen estonio.

En una de las primeras escenas donde la familia está reunida compartiendo la mesa, su hermano adoptivo le dice que ella viene de Transilvania, poniendo así en evidencia la ya legendaria y archiconocida ignorancia de los norteamericanos sobre todo lo que no lo sea, digo, norteamericano. Esther, con justificada superioridad intelectual le explica que Transilvania no está en Rusia sino en Rumania. Digamos, que Estonia tampoco es parte de Rusia, aunque durante todo el filme hagan referencia a ella como rusa. Si pensamos que de Transilvania surgieron el conde Drácula, y la condesa Bathory, sin mencionar al ya célebre empalador Vlad Tepes, esa alusión sobre su origen no es para nada inocente. Con referentes así que más podría hacer la pobre Esther que ir por la vida ensuciándose las manos con sangre. Europa Oriental, para el norteamericano promedio, siempre ha representado un territorio tan oscuro, peligroso e indescifrable como el inhóspito territorio del subconsciente. Pensemos en la fabulosa Cat People de Jacques Tourneur. Allí Irina Druvobna, proveniente de los Balcanes, la felina Simone Simon, encarna a una mujer gato que se convierte en una pantera negra asesina cuando sus deseos sexuales se despiertan…

Sin ir tan lejos pensemos en las maldiciones aberrantes y destructivas de la gitana en la paródica Drag me to hell de Sam Raimi, por no mencionar la saga de Drácula y compañía. ¿Un filme de terror? Más allá de toda carga ideológica que el filme pueda contener o no, está el problema del género. La película no produce miedo, ni siquiera inquietud. El miedo, definido por Lovecraft, es la emoción más antigua y poderosa de la humanidad. Y el tipo de miedo más antiguo y poderoso es a su vez, el miedo a lo desconocido. Una de las razones por las que el filme La huérfana no produce miedo es justamente porque lo desconocido implica lo impredecible y en la historia que se cuenta no hay lugar para ello.
Desde que Esther es introducida en la familia, sabemos que se producirán crímenes tan espantosos como inverosímiles. Incluso anticipamos el orden de la lista de sus víctimas, y hasta el modo en que se deshará de ellos. En una de las escenas finales, John descubre en el cuarto de Esther la planificación secuenciada de un incendio largamente premeditado, dibujado con acuarelas, y encendido por la luz del velador, y el odio y las ansias de venganza de una niña de nueve años….Claro, como sabremos al final, no todo lo que reluce es oro, y no todas las niñas que parecen serlo, lo son de verdad...


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