11 de enero de 2010

AVATAR, de James Cameron






Como contar bien un cuento









Algunas de las máximas del posmodernismo según José Perrés son: “el verdadero culto a la razón” y “la creencia desmedida en la ciencia,”. Características inherentes a la representación cinematográfica de James Cameron, indudablemente ligada a su imaginario social. En Avatar, basada en tiempos futuros, la tecnología es una de las estrellas (literal y cinematográficamente hablando); y también la herida abierta, con la guerra de Vietnam hasta el ataque de las torres gemelas, de uno de los símbolos norteamericanos por excelencia, el poder político representado por el ejercito de los EEUU. 

Se presenta una paradoja en todo este asunto, porque Avatar trasciende los aspectos técnicos (la animación, las tomas ágiles, y la magnífica sincronía de los colores) creando un universo mágico y artesanal. Uno quiere estar todo el tiempo “en el avatar”, descubriendo esa realidad ligada a la lógica de la naturaleza. Pero ante tal complejidad tecnicista, se acentúa lo dispar en elaboración tan básica de los personajes y de la historia en si, lo cual cae en los estereotipos de siempre. Los na´vis, habitantes del planeta Pandora, por momentos tienen los mismos tips que adolescentes en una comedia norteamericana. Si el universo virtual creado es tan luminoso y apunta mas a lo intuitivo que a lo racional ¿Por qué no conferirle tal sostificación también al perfil emocional de los na´vis alejándolo del cliché estadounidense?.


De todas modos Avatar suma mas de lo que resta porque Cameron es experto en contar cuentos, y construye un mainstream a la altura, un universo original en donde la narración es digna y fluye con un buen ritmo entre persecuciones vertiginosas y batallas homéricas, embriagándonos desde su mayor virtud, lo sensorial. La transmisión que logra el director se debe, a su deseo, su apasionamiento y su amor por la imagen misma. Por lo que Avatar gana en la ilusión creada y en sentimiento, y como diría Cortazar la felicidad no es mas ni menos que uno de los juegos de la ilusión.

María Paula Rios

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