4 de enero de 2010

LOS AMANTES, de James Gray




Las elecciones amorosas
 





El paisaje no podría ser más desolador: un cielo gris plomizo y brumoso que todo lo cubre, el aullido envolvente y arrollador del viento, y el mar, yendo y viniendo como un monstruo de agua. No, definitivamente nada podría ser más desolador en la fría Brighton Beach, a menos que un hombre aparezca cruzando un puente, arrastrando su cuerpo y su alma con la misma resignación con la que lleva a rastras un traje de tintorería, se detenga frente al mar, y se arroje a las aguas...
Así comienza el filme del raro talento de James Gray que escribió True Lovers en colaboración con Richard Menello, una historia de desencuentros amorosos levemente inspirada en Noches Blancas de Fedor Dostoievsky.

Joaquin Phoenix es dueño de una sensibilidad tan poco frecuente en Hollywood y de un pathos tan descomunal e insondable como el mismísimo mar, le administra a su pesonaje sobredosis de profundidad y melancolía... Leonard es un niño hombre dañado, presuntamente bipolar, con una sensibilidad artística y patológicamente romántica. Este intento de suicidio, arrojándose al mar, no es el primero, pero ¿será el último? Cuando su ex novia lo abandonó intentó irse al otro mundo de donde viajero jamás retornó...


Leonard es además  un joven judío que pronto heredará la fusión del negocio de su padre, la tintorería para la que hace repartos, que a veces llegan a buen puerto aunque no siempre a destino, junto con la tintorería de su futuro suegro. Leonard cuenta con el apoyo no sólo financiero, sino y sobre todo con una contención emocional, a través de la mirada vigilante y siempre amorosa de su madre (Isabella Rossellini) y la de Ruben: un padre protector, pero respetuoso de los límites. Sin embargo, Leonard no es feliz, o lo es de a ratos, muy esporádicos, cuando por ejemplo tiene la oportunidad de mostrar sus dotes de fotógrafo a Sandra Cohen (Vinessa Shaw) en un barmitzva, o de bailarín de break dance en una disco exclusiva para impresionar a Michelle Rausch (Gwyneth Paltrow) tan alocada e inestable como seductora y neurótica.

Sandra con una brutal sinceridad le confiesa a Leonard que sus respectivos padres están interesados en la unión de ambos. Y es aquí donde se produce el punto de inflexión en la vida de Leonard: la elección entre dos amores o entre dos formas de vida diferentes.
 
El se enamora de la siempre inalcanzable Michelle, excepto, claro, cuando logra darle alcance en el techo del edificio, aunque sólo sea por unos breves instantes...A su vez, Michelle aparece y desaparece imponiéndole al ya angustiado Leonard su ausencia intermitente, ya que se hace presente a través de mensajes de texto desesperados para propiciar encuentros en los lugares menos pensados... Sandra, por el contrario, siempre está donde se la necesita. Y para ratificar su interés genuino y su amor incondicional le regala un par de guantes para resguardarlo aunque más no sea del frío. Michelle, en cambio, se enamora de un hombre de negocios, previsiblemente rico, y casado, que a su vez repite con Michelle la rutina de vodeville que lleva a cabo Michelle con Leonard, entrando y saliendo de su vida con los mismos intervalos con los que el mar baña la costa de Brighton Beach...

La cámara ralentada de Gray que recorre las calles de la desolada BB intoxica la atmósfera con una nostalgia tan corrosiva como la fotografía casi sepia que nos devuelve de algún modo un tiempo ido, pero nunca totalmente recobrado con olor a humedad y a naftalina.
 
Michelle representa el vértigo de una vida tan bohemia como impredecible, eso que él tanto anhela, realizarse como artista y escapar de una vida previsible y segura. Sandra, a su vez, es una fuente nutricia para su vacío existencial y su pavorosa avidez infantil. Nuestro héroe ha atravesado el intrincado y espinoso territorio del amor, tanto más parecido a la desolación de una playa corroída por la persistencia seductora de las aguas que van y vienen insinuantes, y tentadoras... porque como dijo alguien alguna vez: en el asunto del amor, todo fracaso es casi una dicha...

Gabriela Mársico

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