4 de julio de 2010

TODAS LA VIDAS MI VIDA, de Charlie Kaufman


Todas las vidas, ¿una vida?

Conociendo a Charlie Kaufman como ya lo conocemos en su rol de guionista de filmes tales como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, Ladrón de orquídeas, o Confesiones de una mente peligrosa, por no mencionar a ¿Quieres ser John Malkovich?, sabemos de antemano que no desperdiciará la oportunidad, ahora como director y guionista, de hacernos otro juego de prestidigitación de mente, pero esta vez valiéndose del recurso siempre recursivo del juego de espejos que nos llevará a regresiones infinitas adentrándonos en la mente de un dramaturgo y director de teatro Caden Cotard (alter ego de Kaufman) para investigar los procesos infinitamente recurrentes de la creación artística.

Confesiones de una mente peligrosa

Según San Agustín la mente es demasiado estrecha como para contenerse enteramente a sí misma. Tal vez sea esa una de las razones por las que Kaufman, esta vez, haya decidido hacer una puesta en escena de su propia mente, abriendo, o rompiendo (recordemos la cuarta pared brechtiana) las compuertas de la mente de un personaje de ficción, Caden Cotard, para liberar su yo que se irá desplegando, duplicándose, multiplicándose a través de diferentes personajes de ficción que harán de imagen especular de la siempre postergada vida del dramaturgo a lo largo de cuarenta años, desperdigando por aquí y allá sus múltiples yo que empezarán a entrar y salir de su desquiciada mente a medida que sus sueños y proyectos se vayan disipando. Podría uno preguntarse: ¿dónde está esa parte de la mente (aludiendo a la sinécdoque) que la mente misma no contiene? Porqué no buscarla en esa especie de galpón llamado Depósito 2, que reproduce en pequeña escala la ciudad de New York, que a su vez recrea una puesta en escena de una obra de teatro, que a su vez refleja una parte de la mente del director que la dirigirá, el propio Caden (sin llegar a estrenarla con audiencia) durante nada menos que veinte años.

Estamos en Shenectady, N.Y.C, y nuestro héroe Caden Cotard, interpretado por el insuperable Philip Seymour Hoffman, es un dramaturgo y director de teatro que intenta poner en escena sus propios problemas (que no serían otros que los del propio Kaufman, que a su vez no serían más que los de cualquier escritor) dirigiendo Muerte de un viajante de Arthur Miller, (una ficción dentro de otra ficción mayor, la historia sobre los avatares de la puesta en escena de la obra) que nunca acaba por estrenarse. Los actores son demasiado jóvenes para interpretar sus roles, pero gracias a la postergación reiterada de su estreno, tendrán la oportunidad de ir envejeciendo a lo largo de los infructuosos 20 años en los que se la pasarán ensayando, sin llegar, claro, a estrenarla nunca, pero sí a estar lo suficientemente viejos como para ahora sí poder interpretarla...

¿Quieres ser Caden Cotard?

Es otoño, el mes en el que todo cae, y todo muere: incluso, como nos informan a través de la radio, el gran dramaturgo británico, Harold Pinter. Hay fiebre aviar en Turquía, y una poeta dice que este es el principio del fin. Por televisión todo sigue cayendo, incluso una desvalida Betty Boop, después de mantenerse en una prolongada caída libre, para ir a parar dentro de las fauces de un tiburón…

Con tal alentador panorama, el protagonista descubre, al abrir la heladera, que la leche está vencida. Su hija Olive hace caca verde, y el chorro de la canilla del baño, al herirlo en un ojo, lo llevará directo a un oftalmólogo que, a su vez, lo derivará a un neurólogo, ya que los ojos son parte del cerebro, (la retina es la prolongación del cerebro) y sus pupilas, en palabras del propio Caden, ya no le funcionan bien. Su cerebro, tampoco, le diagnostican: degradación sináptica, lo que le hará perder, entre otras cosas, su capacidad para salivar, y le producirá un ataque de convulsiones en plena conversación telefónica con su mujer Adele, (la siempre espléndida Catherine Keener) artista plástica de miniaturas, que acaba de comunicarle, que lo ha abandonado por una amiga, pero definitivamente, previo viaje a Berlín, en donde fijará su residencia al lado de Olive, hija de ambos, no sin antes aseverarle que ella, Adele, artista de miniaturas tan mínimas que se necesitan lentes de magnificación para distinguirlas, se ha consagrado, y es famosa!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Abandonado y solo, a Caden no le queda más remedio que entrar a su cabeza que no es otro lugar que el depósito 2 donde se llevan a cabo los ensayos. A partir de ese momento, Caden dejará en libertad a sus múltiples yoes tan apretujados en su trajinada imaginación de escritor, entre ellos a Hazel (Samantha Morton) una cándida y adorable recepcionista que trabajará en la taquilla hasta que ya no tendrá más edad para hacerlo, Claire que hará las veces de Hazel, Ellen, que hará de mucama, y hasta del mismísimo Caden, y hasta el propio Sammy, alter ego de Caden, y aspirante a actor, que sin experiencia, ni C.V, ni formación conseguirá el papel para interpretar al propio Caden, con el persuasivo "lo vengo siguiendo desde hace veinte años, contráteme y verá cuán verídico es usted..."

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos

¿Quién dijo que los recuerdos tienen que ver sólo con el pasado?

En el caso particular de Caden los recuerdos están ligados al pasado, pero sobre todo al futuro. Desde la partida de su mujer e hija, una Olive de cuatro años, el desdichado Caden no dejará de dilapidar tristeza, y depresión a medida que vaya recorriendo nada más ni nada menos que los rincones más inhóspitos y ruinosos de su ya ajetreada mente, que a esta altura ha dejado de ser depósito de recuerdos 2, para convertirse en un basurero de residuos nostálgicamente tóxicos con un asfixiante olor a fracaso en donde encontrará una caja rosa con una nariz en el frente, donde guarda los recuerdos de su hija Olive, el diario de Olive, que al igual que un work in progress autogenerativo, irá escribiéndose a sí mismo, sin que medie la presencia de la propia dueña para hacerlo, o que Caden tenga que dejar Shenectady para leerlo, siguiendo día a día la vida privada de su hija (recordemos que Olive seguirá viviendo en Berlín y, se convertirá para indignación de Caden, en la Flower Girl, apareciendo una imagen de su cuerpo totalmente cubierto por un tatuaje de flores en la portada de una revista alemana.) Pero no todo es fracaso, deterioro y pérdida para nuestro tan vapuleado Caden. Contra todo pronóstico, terminará ganando una beca: la Mac Carthy 2009, una subvención a los genios, de nada más ni nada menos que quinientos mil dólares, en el caso puntual de Caden, concedida por una pasmosa y obcecada ausencia de producción artística durante tantos años, guiño solapadamente cáustico de Kaufman para homenajear al siempre perseguido Arthur Miller por la tristemente célebre caza de brujas en los años cincuenta a cargo justamente del supuesto benefactor Mac Carthy, que otrora fuera el senador a cargo del Comité de Seguridad Interna para investigar el comunismo y sus actividades clandestinas en los Estados Unidos.

Menos que cero

Kaufman utiliza a su personaje de ficción Caden Cotard para explorar su propia mente, del mismo modo en el que Caden Cotard se vale de Arthur Miller con su Muerte de un viajante para seguir explorando la suya. En esta obra, el protagonista, Willy Loman, el viajante, en plena decadencia física y mental, irá perdiendo contacto con la realidad al sucumbir a la presión que le produce el fracaso y el paso del tiempo, reflejando lo mismo que le ocurre a Caden Cotard, y por carácter transitivo, siguiendo el juego especular, seguramente lo mismo que aqueja a Kaufman. Pero, a diferencia de Kaufman, a Caden Cotard se le hace imposible seguir manipulando a sus personajes, que se le escapan de todo control y hasta a uno de ellos, el tal Sammy, se le ocurre suicidarse nada menos que frente a sus ojos. La muerte y la desintegración acechan al hipocondríaco Cotard, que se irá deshojando como una margarita, al ver cómo mueren sus sueños, sus proyectos nunca realizados, sus padres, amigos, compañeros y hasta su propia hija, en una desopilante escena en la que siguiendo otro juego especular ella también se irá deshojando literalmente (recordemos el tatuaje de flores que cubría su cuerpo) hasta el estertor final.

Tal vez Kaufman nos haga reflexionar, en parte, con más sarcasmo que piedad, sobre la paradójica condición de todo artista frente al blanco (papel, lienzo, partitura, escenario) abismal que antecede a todo proceso creador y que cuando el artista es incapaz de llenarlo o dominarlo, termina siendo tragado o borrado por ese blanco abismo hecho más de tiempo que de espacio. O quizás, el filme en su totalidad (recordando lo de sinécdoque) haga de espejo sobre la condición humana con respecto a los logros personales a través del tiempo, mostrándonos personajes con aspiraciones siempre frustradas, quizás porque recurran a las efectivas tácticas de suspensiones y aplazamientos para nunca llegar a nada, con una voluntad inquebrantable para no ser alguien, ni llegar nunca a ningún lugar... 

Gabriela Mársico



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